CATESISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
AÑO A
COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS SUBCOMISIÓN EPISCOPAL PARA LA
CATEQUESIS
INDICE
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ADVIENTO
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NAVIDAD
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Cuaresma
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Santo Triduo Pascual
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Tiempo Pascual
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Gozosamente los Obispos de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis,
particularmente los que tenemos encomendado el campo primordial de la
Catequesis "Subcomisión Episcopal de Catequesis"_ ofrecemos
este libro a los sacerdotes y a todos los que colaboran en la preparación
de las liturgias dominicales en el servicio de las comunidades
cristianas. Lo titulamos "Catecismo de la Iglesia Católica. Guía
para su lectura litúrgica y la predicación". Corresponde al Año A, del
ciclo litúrgico. Responde a un encargo que nos hicieron todos los
Obispos, como un servicio a la renovación de la predicación, relacionado
también con la recepción cordial y honda del Catecismo de la Iglesia Católica,
que los Obispos deseamos sea una realidad cada día mas
perceptible y operativa.
La concepción de la presente
Guía se explica amplia y claramente en la introducción. La obra se ha
beneficiado de la experiencia adquirida a partir de la Guía para el Año C,
que publicamos el pasado año. Hemos tenido presente asimismo los
acontecimientos sociales y eclesiales que están afectando más intensamente a
nuestra iglesia. En este sentido, procuramos estar muy a la escucha del
llamamiento que el 10 de Noviembre de 1994 nos dirigió Juan Pablo II, con
su Carta "Tertio Millennio
Adveniente", convocándonos a una preparación
espiritual en orden a disponernos para entrar en el umbral del tercer
milenio del acontecimiento de la salvación en Jesucristo.
Para Juan Pablo II, el año
1996 es considerado clave para una adecuada sensibilización que nos capacite
para la etapa de tres años (1997- 1999) decisivamente preparatoria de
la celebración del Gran Jubileo.
Los Obispos agradecemos
fraternalmente a quienes han echado sobre sí la carga de elaborar,
generosamente, este instrumento pastoral. Mons. José María Eguaras, de la diócesis de Málaga; el P. José Antonio
Goenaga S.J., de la Facultad de Deusto; Rafael Zornoza, rector del Seminario de Getafe; Luis García
Gutiérrez, canónigo y profesor de Alcalá de Henares; Manuel del Campo Guilarte, profesor y Director del Secretariado
Nacional de Catequesis han compuesto el equipo; la redacción
principalmente ha estado encomendada a los dos últimos citados.
A todos ellos nuestro agradecimiento.
14 de Septiembre de 1995
Fiesta de la Exaltación de la
Santa Cruz
José Manuel Estepa Llaurens
Arzobispo Presidente de
la
Subcomisión Episcopal de
Catequesis
Al hacer la presentación de
esta obra, puesta al servicio de la predicación, nada mejor que hacernos
eco de algunos textos significativos del Magisterio de la Iglesia sobre la
importancia del anuncio de la fe, para ofrecer el sentido y la finalidad de
este libro que forma parte del plan de publicaciones de los tres años del ciclo
litúrgico.
El Papa Juan Pablo II en la
promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica afirma:
* "Pido... a los pastores
de la Iglesia y a los fieles, que reciban este Catecismo con un espíritu
de comunión y lo utilicen constantemente cuando realizan su misión de
anunciar la fe y llamar a la vida evangélica" (Const. Apost., Fidei Depositum,
4).
Por su parte el Concilio
Vaticano II hablando sobre la homilía en la celebración litúrgica expresa con
palabras llenas de precisión y claridad lo siguiente:
* "En la homilía se
exponen durante el ciclo del año litúrgico, a partir de los textos
sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana" (Sacrosantum Concilium, 52).
Finalmente el Papa Juan Pablo
II dirigiéndose a los sacerdotes como ministros de la Palabra expone las
características de su misión y las responsabilidades propias de quien tiene la
misión de anunciar el Evangelio a los fieles:
* "El sacerdote debe ser
el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios; no
le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita
acercarse a la Palabra con una conexión dócil y orante, para que ella penetre a
fondo en sus pensamientos y sentimientos, y engendrae
dentro de sí una mentalidad nueva: la mente de Cristo (l Co 2,16), de modo que
sus palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una
transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio... El no es el dueño
de esta Palabra: es su servidor. El no es el único poseedor de esta
palabra: es deudor ante el Pueblo de Dios. El anuncia la Palabra en su calidad
de ministro, partícipe de la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia. Por
esto, por tener en sí mismo y ofrecer a los fieles la garantía de que
transmite el Evangelio en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una
sensibilidad, un amor y una disponibilidad particulares hacia la Tradición viva
de la Iglesia y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que
sirven para su recta interpretación y para custodiar su sentido auténtico"
(Pastores dabo vobis, 26).
Estos tres textos presentan el
objetivo de esta obra. Se trata de una ayuda a los sacerdotes para la
preparación de las homilías de los domingos y solemnidades.
Pretende ser un instrumento
útil para el anuncio de la fe y la llamada a la vida evangélica que se realiza
en la homilía, lugar propio de la liturgia. Un auxilio que quiere ser garantía
de un recto ejercicio del ministerio de la Palabra, ya que ofrece el Catecismo
de la Iglesia Católica que "es una exposición de la fe de la Iglesia y de
la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la
Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico" (FD, 4).
Por su parte, el Plan Pastoral
de la Conferencia Episcopal Española Para que el mundo crea (l994-l997) insiste
en la necesidad de que la catequesis y la predicación sean considerados como
dos de los sectores más importantes de la pastoral de evangelización propuesta
por el Episcopado español para este trienio.
A la vez se subraya en dicho
Plan que tanto en la catequesis como en la predicación se "asuma cada vez
más hondamente el Catecismo de la Iglesia Católica, tanto en sus contenidos
como en sus criterios inspiradores, en todos los procesos de formación
cristiana" (Para que el mundo crea, pág. 32).
Ciertamente asumir el
Catecismo de la Iglesia Católica posibilita y garantiza que la acción
catequética y la predicación sean verdaderamente evangelizadoras y busquen
"por encima de todo la verdadera conversión de las personas a Dios, a
Jesucristo, a la vida cristiana en todas sus exigencias de seguimiento, vida
espiritual, testimonio y responsabilidades apostólicas y sociales" (Ibidem, pág. 32).
Con esta convicción ofrecemos
este servicio pastoral. Creemos que es un buen instrumento para renovar y
potenciar la predicación homilética, e "impulsar
una predicación más adecuada a las exigencias actuales del servicio a la fe de
nuestro pueblo y de una verdadera evangelización" (Ibidem,
pág. 32).
1. Homilía y Catequesis
La Exhortación
Apostólica del Papa Juan Pablo II Catechesi Tradendae (n. 48) trata de la homilía como una realidad
estrechamente vinculada a la catequesis y casi como una continuación de la
misma en el sentido amplio del término:
* "La homilía vuelve a
recorrer el itinerario de fe propuesto por la catequesis y la conduce a su
perfeccionamiento natural"
* La catequesis se
realiza en una comunidad cristiana en lugares y ámbitos distintos, y utiliza
diversos métodos, pero siempre tiende a la celebración litúrgica. La homilía
interviene fortaleciendo y potenciando el itinerario de fe que se viene
recorriendo y también permite vincular la acción catequética con la liturgia
que se celebra, porque señala la fuente y la plenitud del que hacer
catequético, que es la Eucaristía. Y así podemos decir que la homilía postula
la catequesis en sí misma y ésta, a su vez, se orienta objetivamente a la
homilía, que es "el lugar privilegiado" del ministerio de la Palabra
(cf DV, 24).
* "La homilía impulsa a
los discípulos del Señor a emprender cada día su itinerario espiritual en la
verdad, en la adoración y en la acción de gracias. En este sentido, se puede
decir que la pedagogía catequética encuentra, a su vez, su fuente y su plenitud
en la Eucaristía dentro del horizonte completo del año litúrgico"
Ahora bien, la homilía no es
sólo un nexo para que la acción evangelizadora de la catequesis culmine en la
liturgia, sino que lo es también para que la liturgia celebrada sea fuente de
la vida cristiana.
* "La predicación
centrada en los textos bíblicos debe facilitar entonces, a su manera, que los
fieles se familiaricen con el conjunto de los misterios de la fe y de las
normas de la vida cristiana"
La homilía es una forma de
catequesis sistemática, en la medida en que sigue el año litúrgico y se
desarrolla a partir de la Palabra de Dios proclamada en la celebración. Es una
forma peculiar _litúrgica_ de educar en la fe. Su nota más sobresaliente es
"que hace de ella un acto sacramental que pertenece por entero a la misma
dinámica de la presencia de la Palabra de Dios en la liturgia. La homilía no
cumple únicamente la función de anunciar a Cristo, explicar las
Escrituras o instruir al pueblo, sino que hace todo esto en el ámbito propio
del culto litúrgico y de los signos sacramentales" (Comisión Episcopal de
Liturgia, Partir el pan de la palabra, no 10).
Esta descripción de la función
que tiene la homilía en la educación de la fe del pueblo cristiano
queda iluminada por la experiencia histórica del Catecumenado.
El Catecumenado para la
iniciación cristiana fue en los primeros siglos de la Iglesia un tiempo de
catequesis enmarcado en el año litúrgico. Ciertamente los hitos y las
celebraciones litúrgicas incidían en el programa catequético, sin embargo no lo
suplían, y la catequesis culminaba en celebración y así desde los primeros
momentos de la Iglesia entre catequesis y liturgía se
estableció una profunda y esencial relación. No podía ser de otra manera
tratándose de la tarea de iniciar a la fe y a la vida cristiana como misión
propia y básica de la Iglesia.
De los cuatro caminos que
componen el catecumenado: la catequesis o enseñanza, el ejercicio en la
práctica de la vida cristiana, la liturgia y el aprendizaje en el apostolado,
señala el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos en sus observaciones
previas: "Por una catequesis apropiada, dirigida por sacerdotes, diáconos
o catequistas y otros seglares, dispuesta por grados, pero presentada
íntegramente, acomodada al año litúrgico y basada en las celebraciones de la
palabra, se va conduciendo a los catecúmenos no sólo el connveniente
conocimiento de losdogmas y de los preceptos sino
también del misterio de la salvación, cuya aplicación desean" (R.I.C.A.,
Observaciones previas, 19, 1).
Esta obra, preparada por la
Subcomisión Episcopal de Catequesis parte de la convicción de que catequesis y
liturgia han de estar íntimamente relacionadas en la misión pastoral de
la Iglesia, y que la homilía es la actividad principal del ministerio pastoral
de los sacerdotes para establecer ese nexo.
2. Homilia
y Catecismo
Como es sabido el Catecismo
Romano del Concilio de Trento constituyó un instrumento privilegiado para la
catequización del pueblo y m s concretamente para la formación
teológica de los parrocos en su misión de
instruir al pueblo. En este
sentido puede entenderse la intencionalidad del
anexo a dicho Catecismo Romano
que
lleva como titulo:
Practica del Catecismo, o sea, el Catecismo
distribuido entre todas
las dominicas del año,
algunas ferias y fiestas del
Señor, y acomodado a los evangelios.
Hoy al encontrarnos con
el Catecismo de la Iglesia Católica nos hemos de
preguntar si es un catecismo
destinado
exclusivamente a los pastores
o es necesario hacerle llegar tambien al
pueblo cristiano. Es decir
existe hoy la
necesidad de hacer llegar a
todos los católicos el Catecismo de la Iglesia
Católica para que se eduquen
en la fe?.
Creemos que sí y son muchas
las razones que lo avalan. El texto ya citado
de la Constitución Fidei Depositum
pone el Catecismo en manos de
los pastores para que lo utilicen
constantemente cuando realizan
su misión de
anunciar la fe y llamar a la
vida evangelica, no sólo para su
formación teológico-pastoral,
ni sólo para elaborar
otros catecismos menores. El
anuncio de la fe y de la vocación cristiana
debe llegar a todas las
personas y en
concreto a todos los
bautizados. He aquí el objeto propio e irrenunciable
del empeño evangelizador. En
el marco
de la liturgía,
la homilía es una acción evangelizadora
privilegiada. Habráemos de tener en cuenta que hoy estamos
obligados, tal vez m s
que en otros momentos, a cuidar este servicio de la
homilia en favor de nuestro pueblo
cristiano, una homilía que en
España es escuchada semanalmente por casi
un tercio de la población
católica.
2.1. La Tradición viva
en la Iglesia
Las Constituciones del
Concilio Vaticano II Dei Verbum y Sacrosantum
Concilium nos sugieren el modo como
podemos incorporar el
Catecismo de la Iglesia Católica a la predicación
homilética.
Nos acercamos, pues, a las
enseñanzas del Concilio Vaticano II. En la
Constitución Sacrosantum Concilium se
dice que la predicación homiletica ha de hacerse a partir de los textos
sagrados (cf
SC, 52), y conforme al
Espíritu que inspiró los
textos. A su vez en la Constitución Dei
Verbum el Concilio señala tres
criterios para una
interpretación de la Sagrada
Escritura conforme al Espíritu que la
inspiró (cf
DV, 12c). Así los recoge el
Catecismo de la Iglesia
Católica:
* Prestar una gran
atención al contenido y a la unidad de toda la
Escritura. En efecto, por muy
diferentes que
sean los libros que la
componen, la Escritura es una en razón de la unidad
del designio de Dios, del que
Cristo
Jesús es el centro y el
corazón, abierto desde su Pascua (112).
* Leer la Escritura en
la Tradición viva de toda la Iglesia. Según
un adagio de los Padres..., la
Sagrada Escritura
est m s en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los
libros escritos. En efecto, la
Iglesia encierra en
su Tradición la memoria viva
de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo
le da la interpretación
espiritual de la
Escritura (113).
* Estar atento a la
analogía de la fe. Por analogía de la fe
entendemos la cohesión de las
verdades de la fe
entre sí y en el proyecto total
de la Revelación (114).
Muchos son los motivos
por los que se ha considerado el Catecismo de la
Iglesia Católica como un gran
regalo
para los sacerdotes; no es el
menor el de servir para enraízar la
homilía en la Tradición viva
de la Iglesia y poder
descubrir esta riqueza al
Pueblo de Dios con el humilde servicio de la
predicación. El Catecismo de
la Iglesia
Católica presenta fiel y organicamente la enseñanza de la Sagrada
Escritura, de la Tradición
viva en la Iglesia y
del Magisterio entero, así
como la herencia espiritual de los Padres, de
los santos y santas de la
Iglesia, para
permitir conocer mejor el
misterio cristiano y reavivar la fe del Pueblo de
Dios...(Tiene en cuenta) las
explicitaciones de la
doctrina que el Espíritu Santo ha sugerido a la
Iglesia a lo largo de los
siglos... e iluminar
con la luz de la fe las
situaciones nuevas y los problemas que en el pasado
aun no se habían planteado
(FD, 3).
En los esquemas homileticos que se proponen en esta obra, se ofrecen
citas literales y referencias
del Catecismo
bajo el epígrafe: La fe de la
Iglesia. Todo ello quiere ser una
ayuda para comprender los
textos sagrados
recogidos en el Leccionario,
en el Espíritu que los inspiró, y según
los criterios señalados por la
Constitución Dei
Verbum del Concilio Vaticano
II. Una orientación y guía (como
dice su título) para hallar
las sugerencias
catequeticas propias de la homilía.
2.2. La confesión de la
fe en lo sustancial
Las Comisiones
Episcopales para la Doctrina de la Fe y para la Catequesis
han señalado en un documento
reciente Algunos aspectos de
la Catequesis hoy, relacionados con el tema
de la revelación cristiana y
su
transmisión, las claves
fundamentales de la catequesis que tambien
pueden afirmarse de la
predicación
homiletica.
Insistir en la
catequesis como transmisión de la Sagrada Escritura y
de los principales documentos
de la
Tradición y del Magisterio;
insistir, asimismo... como memoria _en
conexión vital con la anamnesis
eucarística_
o en la fe como inserción y
participación en la corriente viva de la
Tradición y de su lenguaje; o
insistir en la
necesidad de unas expresiones
inalterables que salvaguarden la unidad,
homología (confesión) de la fe
en lo
sustancial, se compadece mal
con una de las tendencias de la modernidad: la
emancipación respecto de toda
instancia ajena a la razón
autónoma, de toda tradición, de todo lo
dado... A partir de esta
exigencia de
reinventar la autentica fe y
la comunidad cristiana, pues
parece que no se est‚ seguro de que la larga
tradición de la Iglesia no la
haya corrompido, no es extraño, por un
lado que el discurso catequetico se haya
fragmentado y parcializado en
bastantes casos, y por otro lado, haya perdido
sustantividad, referencia a la
realidad, y regla de la fe, y
se haya convertido en instrumento para
suscitar experiencias,
actitudes y
compromisos pretendidamente
cristianos (cf 14-15). La preocupación,
pues, por la unidad y la
confesión de la fe
en lo sustancial, que es una
constante en la vida de la Iglesia a lo largo de
todos los siglos es, si cabe,
hoy m s
necesaria.
Los esquemas homileticos que ofrecemos expresan tambien
esta
preocupación. Para responder a
ella se presentan
algunos textos del Catecismo
con objeto de que, de alguna manera, se formulen
en la homilía con un lenguaje
común al que se utiliza en
otras actividades del ministerio de la Palabra.
2.3. Exposición organica
Asimismo, el Catecismo de
la Iglesia Católica, en cuanto exposición
de la fe de la Iglesia de un
modo organico
constituye por lo mismo una
valiosísima ayuda para superar la tendencia a
la fragmentación. Este
Catecismo esta
concebido como una exposición organica de toda la fe católica. Es
preciso, por tanto, leerlo
como una unidad.
Numerosas referencias en el
interior del texto y el índice analítico al
final del volumen permiten ver
en cada tema
su vinculación con el conjunto
de la fe (18).
Por su parte, la homilía,
debe exhortar a celebrar, orar y vivir lo que
la fe proclama, y debe
relacionar
armónicamente el primer
anuncio (kerigma), la exposición sistematica
(la catequesis), la
exhortación a la
perseverancia en la vida
cristiana (parenesis), y la comunicación con
el misterio de la presencia
del Señor
(mystagogia).
La homilía est destinada preferentemente a
aquellos
que y an han sido llamados a la conversión y
a la fe, que la suponen al
mismo tiempo que la alimentan, la robustecen y la
expresan por medio de palabras
y
obras (Comisión Episcopal de
Liturgia, DC, 10). Si esta es la
función de la homilía, habráíamos de saludar la
oportunidad y aún la necesidad
de un instrumento que relacione
organicamente la fe profesada con la liturgia, la
vida cristiana y la oración.
Este instrumento, y ciertamente de toda
garantía, es el Catecismo de
la Iglesia
Católica.
En los esquemas homiléticos, se ofrece esta relación orgánica
mediante citas literales y
referencias del Catecismo.
En el epígrafe: La fe, con
referencias sobre todo a la primera y
segunda parte del Catecismo; y
en los epígrafes
La respuesta y El testimonio
cristiano con referencias también
a la tercera y cuarta parte
del mismo
Catecismo, a fin de que se
pueda establecer esa relación orgánica entre
lo que creemos, celebramos,
vivimos y
oramos. En cada año litúrgico
se contiene la sustancia viva del
Evangelio y de las enseñanzas
de la Iglesia. En el
conjunto de los tres años
litúrgicos se habrá recorrido
extensivamente todo el
Catecismo.
2.4. Adaptación
necesaria
Finalmente, no se debe
olvidar que por su misma naturaleza este
Catecismo no se propone dar
una respuesta
adaptada, tanto en el
contenido como en el m‚todo, a las exigencias que
dimanan de las diferentes culturas,
de
edades, de la vida espiritual,
de situaciones sociales y eclesiales de
aquellos a quienes se dirige
la catequesis.
Estas indispensables
adaptaciones corresponden a Catecismos propios de cada
lugar, y, m s aún, a
aquellos que
toman a su cargo instruir a
los fieles (24).
El Catecismo de la
Iglesia Católica exige leerlo adaptado a los fieles
por parte de los encargados en
educarles en
la fe. Esta exigencia es mayor
cuando se utiliza en la predicación
homilética.
La predicación homilética que en las circunstancias actuales
resulta no raras veces
dificilísima, para que mejor
mueva a las almas de los
oyentes no debe exponer la Palabra de Dios sólo
de modo general y abstracto,
sino
aplicar a las circunstancias
concretas de la vida la verdad perenne del
Evangelio (C. Vaticano II, Presbyterorum
Ordinis, 4).
La Palabra de Dios,
leída y comentada en la Tradición viva de la
Iglesia ha de realizar en el
hoy-aquí-para
nosotros lo que se proclama.
Esta acción es obra del Espíritu Santo.
El que predica colabora con El
en cuanto
traduce y aplica a la
situación y vida concreta del oyente la Palabra de
Dios proclamada.
La Palabra de Dios
proclamada y concretada por la Iglesia es la Luz que
ilumina la vida personal y la
comunidad
humana social donde el
creyente, en comunión con la Iglesia, peregrina
hacia el encuentro con Dios.
El Catecismo de
la Iglesia Católica, convenientemente adaptado, es un
buen instrumento para que los
pastores
puedan ofrecer a los fieles la
mayor de las cualidades de una predicación:
la sustancia viva de la
fe de la Iglesia.
El esfuerzo de
adaptación a los oyentes concretos nadie puede suplirlo.
Cada ministro de la
predicación ha de
preparar gozosa y concienzudamente
la homilía. En estos esquemas se
ofrecen algunas sugerencias,
dentro de este
estudio de la homilía, que
hacen referencia a las situaciones
humanas y a las posibles
conexiones entre estas,
los textos bíblicos y el
Catecismo.
La mejor preparación homilética, la m s concreta y adaptada a las
circunstancias sociales y a
los destinatarios es
aquella que se gesta conducida
por el Espíritu de Dios, tacitamente
o a grandes gritos, pero
siempre con fuerza,
se nos pregunta ¨cre‚is verdaderamente en lo que anunciáis?
¨Vivís lo que cre‚is? ¨Predic is verdaderamente lo
que vivís? Hoy m s que
nunca el testimonio de vida se ha convertido en
una condición esencial con
vistas a una
eficacia real de la
predicación (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi,
76).
El Domingo sólo, sin
m s adjetivos ni adiciones, es la celebración
cristiana por excelencia. La
fiesta primera en la
historia del cristianismo y la
primera también en la valoración que la
fe y la teología hacen de las
celebraciones
cristianas. Por esto, debiera
renovar y desarrollar constantemente nuestra
vida en Cristo. Y tiene fuerza
de gracia
para ello. Por esto, el
Domingo se ha de hacer presente en la homilía.
Qué es el Domingo y Qué aporta
a la homilía?
El Domingo es el
condensado de la creación y de la redención en el
tiempo humano.
El Catecismo de la
Iglesia Católica desarrolla con profundidad esta
verdad de la fe y la teología.
En el Domingo
se recogen, como los rayos del
sol en una lente, las riquezas infinitas de la
comunicación de Dios a la
humanidad.
Por un lado, el Sabbat
[es] la culminación de la obra de los seis
días (345), expresión literaria
de la creación. Y
Dios descansó en ese día, en
versión humana, se sintió
feliz, y lo santificó y
bendijo, lo hizo su Día y lo llenó
de sus dones, hasta de sí
mismo, por esto, lo bendijo. Así se comprende
que todo en la creación est hecho con
miras al Sabbat y, por tanto,
al culto y a la adoración de Dios (347),
en definitiva al descanso y a
la felicidad, a
la contemplación del culto y a
la adoración.
Pero... ha surgido un
nuevo día: el día de la resurrección de
Cristo. El septimo
día acaba la primera creación. Y
el octavo día comienza la
nueva creación. Así la obra de la
creación culmina en otra
todavía m s grande: la
Redención. La primera creación
encuentra su sentido y cumbre en la
nueva creación en Cristo, cuyo
esplendor
sobrepasa a la primera (cf MR, Vigilia pascual 24, oración despues
de
la primera lectura) (349).
Cómo prescindir del
Domingo al explicar y aplicar la Palabra que hizo
la creación y la nueva
creación? El
Domingo da a la homilía los acentos
vivos y profundos en los que resuena
toda la obra de Dios por
nosotros.
Cada perícopa
evangélica est situada en el gran marco de la
obra de
Dios. Las verdades de la fe
dejan de ser
meras afirmaciones dogm ticas y los imperativos evangélicos meras
exigencias, para convertirse
en momentos de la
inmensa armonía de la creación
y de la nueva creación, cuyo
primog‚nito es nuestro Señor Jesucristo, muerto por
nosotros y resucitado para
nosotros, inicio de la nueva creación.
En dos páginas no se
puede agotar el Domingo. Pero lo expuesto es la
base que sustenta todo
desarrollo de la fe
y la teología del Día del
Señor. Así, por ejemplo, la asamblea de
la Iglesia reunida por todo el
mundo (1167.
1343s. 2177ss) para la
celebración de la Eucaristía dominical se
explica desde el primer
Domingo, el de la
Resurrección, el Día Primero
de la nueva creación, que se prolonga
en los sucesivos Domingos,
hasta que Cristo
vuelva visiblemente.
Condiciones para celebrar el
Domingo
Para que el Domingo
cale en celebrantes y fieles, como para que cale en el
pueblo cristiano la vida
sacramental
de la Iglesia, son imprescidibles: un elemental sentido de oración y un
también elemental sentido
simbólico.
Quien no ora no puede
entrar en el Domingo, lo soportar como una
obligación. Cuando algunos
fieles dicen que
les aburre la Misa, y se les
pregunta por el tiempo que dedican a orar en su
vida, la respuesta bastante
negativa
explica que no entren, que no
les diga nada, un acto que es oración.
Quien no cae en la
cuenta de los valores humanos decisivos de los
símbolos, que son los
sacramentos, podrá orar
en Misa pero no orar la
Misa. Los símbolos sacramentales son la
aproximación a nosotros de los
grandes valores
de la vida, que superan lo cotidiano,
y aun los momentos m s densos que se
agotan en este mundo. Los
símbolos
sacramentales, y entre ellos
el Domingo, nos acercan las realidades que ni
el ojo vió
ni el oído oyó ni humano
entendimiento puede comprender
lo que Dios ha preparado a los que le aman
(1Co 2,9).
Para una profundización
de la fe y la teología sobre el Domingo,
veanse Conferencia Episcopal Española, El
domingo, fiesta primordial de
los cristianos (1981) y Domingo y Sociedad
(1995).
ESQUEMA
GENERAL DEL AÑO A (inicio)
Tiempo litúrgico
Enfoque
Objetivo
La esperanza se apoya en la
fe.
Preparar los caminos del Señor
porque es fiel a sus promesas.
2. NAVIDAD
Un Niño nos ha nacido
(Navidad); un Hijo se nos ha dado (Maternidad de
María); Dios se nos ha
manifestado
(Epifanía).
El asombro ante el Misterio de
la Palabra hecha carne no descarta la ternura
ante un Niño.
3. CUARESMA
Catecumenado para renovar
nuestro Bautismo y sus exigencias.
La Cruz ilumina el camino
hacia la Pascua.
4. SANTO TRIDUO PASCUAL
La entrega de Cristo en el
amor, el Pan y la Cruz.
Contemplar el Misterio de la
Cruz y dejarse invadir por el Crucificado
y el Resucitado.
5. TIEMPO PASCUAL
El Resucitado, fundamento de
nuestra Resurrección.
Predicar a Jesús, vencedor de
la Muerte para proclamar la vida de su
Iglesia.
6. TIEMPO ORDINARIO
El Reino de Dios y sus
compromisos.
Presentar el Reino de Dios:
* En su dimensión salvadora.
* Como raíz de la ‚tica
cristiana.
* Como espeanza
de plenitud.
INTRODUCCION
AL ADVIENTO (inicio)
Para ser del todo fieles
al propósito de este trabajo, hemos de mirar al
Adviento desde una doble
perspectiva: la
de la liturgia y la del
pensamiento de la Iglesia expresado en el Catecismo.
El contenido de los cuatro
domingos
previos a la Navidad es
suficientemente explícito para que de ellos
saquemos la conclusión de que
la Iglesia nos
invita a una espera y a
una esperanza. A una espera porque se anuncia la
venida al fin de los tiempos,
algo así
como una tensión permanente
entre el ya y el todavía no.
Eso se llama dar sentido
verdaderamente
escatológico a la vida
cristiana. El ya nos convence de que Jesús
ha venido ya, que est entre nosotros, que la
Redención objetiva est ya realizada, pero que todavía no se
ha consumado. Y por eso
estamos a la espera.
Pero este ya nos invita
a algo m s. A que la presencia de Jesús
en medio del mundo, muchas de
cuyas
estructuras aún est n alejadas del Evangelio, sea m s
notoria por
medio de sus testigos. Si el
creyente est
convencido de que el Reino de
Dios ha venido, y que est en medio de
nosotros, que la Iglesia es la
verdadera
portadora de los signos que lo
anuncian y lo hacen presente, entonces est
en tensión para descubrir los
signos
de los tiempos.
Es precisamente en este
punto donde se tocan la venida histórica de
Cristo hace 20 siglos y el
saber aguardar su
presencia de salvación, hoy
como ayer y como siempre. La primera no la
repetimos, porque ya ha
venido; la de
hoy la actualizamos en una
liturgia que nos invita a despertar de nuestro
sueño, a estar en vela, a
levantar
la cabeza porque se acerca
nuestra liberación.
Y es que el anuncio de
Cristo de que el Reino de Dios est cerca
podráíamos entenderlo como que nos esta
dando siempre alcance. Porque
lo que así sucede ha llegado, pero no del
todo.
Anticipar la Parusía de
Cristo (Domingo XXXIII y I Adviento) es
descubrir entre nosotros las
señales de
salvación. Es sentir sobre
nosotros el Juicio salvador, pero que nos hace
mirar a lo íntimo de nuestras
vidas, para
descubrir en ellas los
espacios aún vacíos de Dios, las esferas de
nuestra existencia aún no
inundadas por la
conversión cristiana.
La perenne actualidad
de la salvación traida por Cristo nos es
presentada precisamente así
por la liturgia: Hoy
sabr‚is que viene el Señor y mañana ver‚is su gloria
(Vigilia
de Navidad).
Y todo teniendo por
delante unas semanas inmediatamente previas a la
Navidad. Es de temer que haya
sido esto
precisamente lo que en nuestro
tiempo haya restado importancia al Adviento.
La inminente Navidad y lo que
lleva consigo tienen la
suficiente fuerza como para oscurecer este tiempo.
Sobre todo en España, donde no
contamos con signos externos
propios, como sucede, por ejemplo, en Alemania
(el Adventskranz)
con la Corona
y las velas que son una forma
muy pl stica de crear
clima de
espectación ante lo que se aproxima.
La esperanza a la que
se nos convoca tiene un horizonte m s amplio.
Abarca realmente toda nuestra
existencia;
pero se hace m s patente
en estas fechas.
La esperanza, apoyada
en la fe, afirma que el mismo Cristo, cuya venida en
carne conmemoramos ahora, vendra a
en Majestad al fin de los
tiempos. Es como una invitación a mirar el
presente desde el futuro de Dios.
Es afirmar
rotunda e incuestionablemente
que el futuro es de El y no del hombre. Que es
El el
dueño de la historia. Pero
que nos la ha entregado en
nuestras manos para que nos salvemos desde ella
pero no en ella. Porque la
salvación
plena no es ni est en este mundo. La salvación meramente
intramundana,
tan apreciada desde los
filósofos de la
sospecha, es, desde la óptica
cristiana, una pretensión vana. Pero,
lejos de nosotros cualquier
desentendimiento de
la realidad creada o cualquier
genero de alienación, estamos llamados a
trabajar, a esforzarnos, a
hacer presente
la gratuidad del Dios que nos
envía a su Hijo en nuestra condición
humana para participar de
nuestra peripecia
humana, pero para hacerla
salvadora solamente por El y desde El.
El creyente cristiano,
la Iglesia entera, se esfuerza, evangeliza, promueve
al hombre nuevo, desde la
esperanza y
por ella. Desde ella porque
sabe que es misión encomendada y que Dios
dar el incremento; por
ella porque
sólo ella puede impulsar
y ayudar a superar las dificultades de un mundo
para el que la venida de
Cristo no es
en gran medida noticia. Sentir
hambre de Dios y advertir los vacíos que
hay en la vida y que sólo Dios
puede
llenar, es precisamente la
misión de quien vive de la esperanza.
Nos dice el Catecismo
de la Iglesia Católica (524) que al celebrar
anualmente la liturgia del
Adviento, la Iglesia
actualiza esta espera del
Mesías: participando en la larga preparación
de la primera venida del
Salvador, los fieles
renuevan el ardiente deseo de
su segunda Venida. Concisa y exacta manera
de resumir cuanto venimos
diciendo.
Hay una serie de
personajes, aludidos constantemente por la liturgia de
estas semanas, y cuya
cooperación a la
venida del Salvador queda verdaderamente
resaltada: Isaías, Juan Bautista
y la Santísima Virgen. Cada
uno con
un papel distinto y todos
llamados a preparar los caminos del Señor,
m s de lejos o m s
de cerca. Desde el
anuncio, cuyo asombroso
contenido habráía dejado verdaderamente atónito
al Profeta de haber penetrado
hasta su
hondísima significación: La
Virgen est en encinta y da a luz un
hijo, y le pone por nombre
Emmanuel (que
significa Dios-con-nosotros),
hasta la invitación del Precursor, a que
se allanen los senderos, se
eleven los valles
y desciendan los montes y
colinas para que toda carne vea la
salvación de Dios, todo nos
habla de un futuro
interpretado y leído sólo
desde Dios, autor de toda esperanza de
salvación.
Y la figura de María,
recogiendo en sí misma toda la esperanza del
pueblo de la Antigua Alianza,
como parte del
resto de Israel y del nuevo
Pueblo de Dios, pronosticando la novedad en
el canto del Magníficat. La
solemnidad de la Inmaculada,
actualización de la preparación por parte
de Dios de la digna morada de
su
Hijo, y, sobre todo, los días
de las antífonas O (desde el 17 de
Diciembre), días marianos por
excelencia en
toda la liturgia anual, nos
traen a la memoria el papel primordial de quien
fue fiel a la Palabra y
pronunció el
fiat que abrió las puertas de nuestro mundo al Salvador de todos los
pueblos. Como se dice en la
Constitución
Gaudium et Spes, 55: María sobresale entre los
humildes y los pobres
del Señor, que esperan de ‚l
con
confianza la salvación y la
acogen. Finalmente con ella, excelsa hija de
Sión, despues
de la larga espera de la
promesa, se cumple el plazo y
se inaugura el nuevo plan de salvación
(489).
Domingos y
Solemnidades
Lecturas
Catecismo de la Iglesia
Católica
I
Esperar al
Señor y preparar sus caminos
Is 2,1-5: El Señor reúne a todos los pueblos...
Rm 13,11-14: Nuestra salvación est cerca
Mt 24,33-44: Estad en vela
para estar preparados
Esperanza de los cielos nuevos
y de la tierra nueva: 1042. 1044. 1045
Vigilancia ante el Reino:
1001. 2612
II
El Señor nos
llama a la conversión
Is 11,1-10: Con equidad dar sentencia al pobre
Rm 15,4-9: Cristo salvó a todos los hombres
Mt 3,1-2: Se acerca el Reino
de Dios
Cada cristiano ejerce unas
funciones: 1884. 1885
Preparativos de la venida de
Cristo: 522. 523
III
Nuestro
futuro es de Dios
Is 35,1-6.10: Dios vendra y nos salvar
St 5,7-10: Manteneos firmes
Mt 11,2-11: ¨Eres tú el que ha
de venir...?
La Transformación del mundo:
1047. 1048
Dios tiene casa entre
nosotros: 1044
IV
Las grandes
maravillas de la salvación sólo pueden venir de Dios
Is 7,10-14: La Virgen concebir
Rm 1,1-7: Jesucristo, de la estirpe de David...
Mt 1,18-24: Jesús nacer
de la casa de David
Estamos llamados a la
santidad: 2012. 2013
María, siempre Virgen: 499.
450
INMACULADA CONCEPCIóN
!Salve! Llena de gracia, el
Señor est contigo
Gn 3,9-15.20: Establezco hostilidades entre ti y la mujer
Ef 1,3-6.11-12: Dios nos eligió en la persona de Cristo
Lc 1,26-38: Al‚grate, llena de gracia
La Inmaculada Concepción:
590-593
Anunciación: 494
Lucha contra el pecado: 40
DOMINGO I DE
ADVIENTO (inicio)
Esperar al que viene a hacer
nuevas todas las cosas es empezar a sentirse
renovado
I. LA PALABRA DE DIOS
* Is
2,1-15: El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del