CATESISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

AÑO A

 

COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS SUBCOMISIÓN EPISCOPAL PARA LA CATEQUESIS

 

INDICE

 

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Presentación

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Introducción

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El domingo

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Esquema General del Año A

 

ADVIENTO

 

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Introducción al Adviento

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Esquema de Adviento

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Primer domingo de Adviento

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Segundo domingo de Adviento

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Tercer domingo de Adviento

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Cuarto domingo de Adviento

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La Inmaculada Concepción

 

NAVIDAD

 

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Introducción a la Navidad

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Esquema de Navidad

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Natividad del Señor: Misa de la Vigilia

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Natividad del Señor: Misa de Medianoche

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Natividad del Señor: Misa del día

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La Sagrada Familia

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Santa María, Madre de Dios

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Segundo domingo de Navidad

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Epifanía del Señor

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Bautismo del Señor

 

Cuaresma

 

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Introducción a la Cuaresma y Pascua

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Esquema de Cuaresma

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Primer domingo de Cuaresma

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Segundo domingo de Cuaresma

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Tercer domingo de Cuaresma

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Cuarto domingo de Cuaresma

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Quinto domingo de Cuaresma

 

Santo Triduo Pascual

 

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Esquema del Triduo Pascual

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Domingo de Ramos

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Jueves Santo

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Viernes Santo

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Sabado Santo

 

Tiempo Pascual

 

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Esquema del Tiempo Pascual

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Domingo de Resurrección

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Segundo domingo de Pascua

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Tercer domingo de Pascua

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Cuarto domingo de Pascua

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Quinto domingo de Pascua

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Sexto domingo de Pascua

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Séptimo domingo de Pascua: La Ascensión

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Domingo de Pentecostés: Misa vespertina

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Domingo de Pentecostés: Misa del día

 

Tiempo Ordinario

 

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Introducción al Tiempo Ordinario

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Cuadros del Tiempo Ordinario y Solemnidades

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Domingo II

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Domingo III

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Domingo IV

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Domingo V

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Domingo VI

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Domingo VII

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Domingo VIII

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Domingo IX

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Domingo X

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Domingo XI

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Domingo XII

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Domingo XIII

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Domingo XIV

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Domingo XV

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Domingo XVI

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Domingo XVII

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Domingo XVIII

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Domingo XIX

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Domingo XX

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Domingo XXI

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Domingo XXII

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Domingo XXIII

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Domingo XXIV

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Domingo XXV

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Domingo XXVI

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Domingo XXVII

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Domingo XXVIII

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Domingo XXIX

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Domingo XXX

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Domingo XXXI

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Domingo XXXII

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Domingo XXXIII

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Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

 

Solemnidades

 

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Esquema de las Solemnidades

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La Inmaculada Concepción

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San Jose

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Santísima Trinidad

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Corpus Christi

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San Pedro y San Pablo

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Santiago Apóstol

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Asunción de N.a S.a: Misa vespertina

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Asunción de N.a S.a: Misa del día

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Todos los Santos

 

PRESENTACIÓN (inicio)

 

Gozosamente los Obispos de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, particularmente los que tenemos  encomendado el campo primordial de la Catequesis "Subcomisión  Episcopal de Catequesis"_ ofrecemos este  libro a los sacerdotes y a todos los que colaboran en la preparación de  las liturgias dominicales en el servicio de  las comunidades cristianas. Lo titulamos "Catecismo de la Iglesia  Católica. Guía para su lectura litúrgica y la predicación". Corresponde al Año A, del ciclo litúrgico. Responde  a un encargo que nos hicieron todos los Obispos, como un servicio a la renovación de la predicación,  relacionado también con la recepción cordial y honda del Catecismo de la Iglesia Católica, que los Obispos deseamos sea una realidad cada día mas perceptible  y operativa.

La concepción de la presente Guía se explica amplia y claramente en la introducción. La obra se ha beneficiado de la experiencia adquirida a partir de la Guía para el Año C, que  publicamos el pasado año. Hemos tenido presente asimismo los acontecimientos sociales y eclesiales que están afectando más intensamente a nuestra iglesia. En este sentido, procuramos estar muy a la escucha del llamamiento  que el 10 de Noviembre de 1994 nos dirigió Juan Pablo II, con su Carta "Tertio Millennio Adveniente", convocándonos a una preparación espiritual en  orden a disponernos para entrar en el umbral del tercer milenio del  acontecimiento de la salvación en Jesucristo.

Para Juan Pablo II, el año 1996 es considerado clave para una adecuada sensibilización que nos capacite para la  etapa de tres años (1997- 1999) decisivamente preparatoria de la  celebración del Gran Jubileo.

Los Obispos agradecemos fraternalmente a quienes han echado sobre sí la  carga de elaborar, generosamente, este  instrumento pastoral. Mons. José María Eguaras, de la diócesis de  Málaga; el P. José Antonio Goenaga S.J., de la  Facultad de Deusto; Rafael Zornoza, rector del Seminario de Getafe; Luis  García Gutiérrez, canónigo y profesor  de Alcalá de Henares; Manuel del Campo Guilarte, profesor y Director del  Secretariado Nacional de Catequesis  han compuesto el equipo; la redacción principalmente  ha estado  encomendada a los dos últimos citados.

 

A todos ellos nuestro agradecimiento.

14 de Septiembre de 1995

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

 

José Manuel Estepa Llaurens

Arzobispo Presidente  de la

Subcomisión Episcopal de Catequesis

 

 

 

INTRODUCCIÓN (inicio)

 

Al hacer la presentación de esta obra, puesta al servicio de la  predicación, nada mejor que hacernos eco de algunos textos significativos del Magisterio de la Iglesia sobre la importancia del anuncio de la fe, para ofrecer el sentido y la finalidad de este libro que forma parte del plan de publicaciones de los tres años del ciclo litúrgico.

 

El Papa Juan Pablo II en la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica afirma:

 

* "Pido... a los pastores de la Iglesia y a los fieles, que reciban este  Catecismo con un espíritu de comunión y lo  utilicen constantemente cuando realizan su misión de anunciar la fe y  llamar a la vida evangélica" (Const. Apost., Fidei Depositum, 4).

 

Por su parte el Concilio Vaticano II hablando sobre la homilía en la celebración litúrgica expresa con palabras llenas de precisión y claridad lo siguiente:

 

* "En la homilía se exponen  durante el ciclo del año litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana" (Sacrosantum Concilium, 52).

 

Finalmente el Papa Juan Pablo II dirigiéndose a los sacerdotes como ministros de la Palabra expone las características de su misión y las responsabilidades propias de quien tiene la misión de anunciar el Evangelio a los fieles:

 

* "El sacerdote debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios; no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con una conexión dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos, y engendrae dentro de sí una mentalidad nueva: la mente de Cristo (l Co 2,16), de modo que sus palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una  transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio... El no es el dueño de  esta Palabra: es su servidor. El no es el único poseedor de esta palabra: es deudor ante el Pueblo de Dios. El anuncia la Palabra en su calidad de ministro, partícipe de la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia. Por esto, por tener en sí mismo y ofrecer a los fieles la  garantía de que transmite el Evangelio en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una sensibilidad, un amor y una disponibilidad particulares hacia la Tradición viva de la Iglesia y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que sirven para su recta interpretación y para custodiar su sentido auténtico" (Pastores dabo vobis, 26).

 

Estos tres textos presentan el objetivo de esta obra. Se trata de una ayuda a los sacerdotes para la preparación de las homilías de los domingos y solemnidades.

Pretende ser un instrumento útil para el anuncio de la fe y la llamada a la vida evangélica que se realiza en la homilía, lugar propio de la liturgia. Un auxilio que quiere ser garantía de un recto ejercicio del ministerio de la Palabra, ya que ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica que "es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico" (FD, 4).

 

Por su parte, el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española Para  que el mundo crea (l994-l997) insiste en la necesidad de que la catequesis y la predicación sean considerados como dos de los sectores más importantes de la pastoral de evangelización propuesta por el Episcopado español para este trienio.

 

A la vez se subraya en dicho Plan que tanto en la catequesis como en la predicación se "asuma cada vez más hondamente el Catecismo de la Iglesia Católica, tanto en sus contenidos como en sus criterios inspiradores, en todos los procesos de formación cristiana" (Para que el mundo crea, pág. 32).

 

Ciertamente asumir el Catecismo de la Iglesia Católica posibilita y garantiza que la acción catequética y la predicación sean verdaderamente evangelizadoras y busquen "por encima de todo la verdadera conversión de las personas a Dios, a Jesucristo, a la vida cristiana en todas sus exigencias de seguimiento, vida espiritual, testimonio y responsabilidades apostólicas y sociales" (Ibidem, pág. 32).

 

Con esta convicción ofrecemos este servicio pastoral. Creemos que es un buen instrumento para renovar y potenciar la predicación homilética, e "impulsar una predicación más adecuada a las exigencias actuales del servicio a la fe de nuestro pueblo y de una verdadera evangelización" (Ibidem, pág. 32).

 

1.  Homilía y Catequesis

 

La  Exhortación Apostólica del Papa Juan Pablo II Catechesi Tradendae (n. 48) trata de la homilía como una realidad estrechamente vinculada a la catequesis y casi como una continuación de la misma en el sentido amplio del término:

 

* "La homilía vuelve a recorrer el itinerario de fe propuesto por la catequesis y la conduce a su perfeccionamiento natural"

 

*  La catequesis se realiza en una comunidad cristiana en lugares y ámbitos distintos, y utiliza diversos métodos, pero siempre tiende a la celebración litúrgica. La homilía interviene fortaleciendo y potenciando el itinerario de fe que se viene recorriendo y también permite vincular la acción catequética con la liturgia que se celebra, porque señala la fuente y la plenitud del que hacer catequético, que es la Eucaristía. Y así podemos decir que la homilía postula la catequesis en sí misma y ésta, a su vez, se orienta objetivamente a la homilía, que es "el lugar privilegiado" del ministerio de la Palabra (cf DV, 24).

 

* "La homilía impulsa a los discípulos del Señor a emprender cada día su itinerario espiritual en la verdad, en la adoración y en la acción de gracias. En este sentido, se puede decir que la pedagogía catequética encuentra, a su vez, su fuente y su plenitud en la Eucaristía dentro del horizonte completo del año litúrgico"

 

Ahora bien, la homilía no es sólo un nexo para que la acción evangelizadora de la catequesis culmine en la liturgia, sino que lo es también para que la liturgia celebrada sea fuente de la vida cristiana.

 

* "La predicación centrada en los textos bíblicos debe facilitar entonces, a su manera, que los fieles se familiaricen con el conjunto de los misterios de la fe y de las normas de la vida cristiana"

 

La homilía es una forma de catequesis sistemática, en la medida en que sigue el año litúrgico y se desarrolla a partir de la Palabra de Dios proclamada en la celebración. Es una forma peculiar _litúrgica_ de educar en la fe. Su nota más sobresaliente es "que hace de ella un acto sacramental que pertenece por entero a la misma dinámica de la presencia de la Palabra de Dios en la liturgia. La homilía no cumple únicamente la función  de anunciar a Cristo, explicar las Escrituras o instruir al pueblo, sino que hace todo esto en el ámbito propio del culto litúrgico y de los signos sacramentales" (Comisión Episcopal de Liturgia, Partir el pan de la palabra, no 10).

 

Esta descripción de la función que tiene la homilía en la  educación de la fe del pueblo cristiano  queda iluminada  por la experiencia histórica del Catecumenado.

 

El Catecumenado para la iniciación cristiana fue en los primeros siglos de la Iglesia un tiempo de catequesis enmarcado en el año litúrgico. Ciertamente los hitos y las celebraciones litúrgicas incidían en el programa catequético, sin embargo no lo suplían, y la catequesis culminaba en celebración y así desde los primeros momentos de la Iglesia entre catequesis y liturgía se estableció una profunda y esencial relación. No podía ser de otra manera tratándose de la tarea de iniciar a la fe y a la vida cristiana como misión propia y básica de la Iglesia.

 

De los cuatro caminos que componen el catecumenado: la catequesis o enseñanza, el ejercicio en la práctica de la vida cristiana, la liturgia y el aprendizaje en el apostolado, señala el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos en sus observaciones previas: "Por una catequesis apropiada, dirigida por sacerdotes, diáconos o catequistas y otros seglares, dispuesta por grados, pero presentada íntegramente, acomodada al año litúrgico y basada en las celebraciones de la palabra, se va conduciendo a los catecúmenos no sólo el connveniente conocimiento de losdogmas y de los preceptos sino también del misterio de la salvación, cuya aplicación desean" (R.I.C.A., Observaciones previas, 19, 1).

 

Esta obra, preparada por la Subcomisión Episcopal de Catequesis parte de la convicción de que catequesis y liturgia han de estar íntimamente relacionadas en la misión pastoral de  la Iglesia, y que la homilía es la actividad principal del ministerio pastoral de los sacerdotes para establecer ese nexo.

 

2.  Homilia y Catecismo

 

Como es sabido el Catecismo Romano del Concilio de Trento constituyó un instrumento privilegiado para la catequización del pueblo y m s concretamente para la formación

teológica de los parrocos en su misión de

instruir al pueblo. En este sentido puede entenderse la intencionalidad  del

anexo a dicho Catecismo Romano que

lleva como titulo: Practica del Catecismo, o sea, el Catecismo

distribuido entre todas las  dominicas del año,

algunas ferias y fiestas del Señor, y acomodado a los evangelios.

 

  Hoy al encontrarnos con el Catecismo de la Iglesia Católica nos hemos de

preguntar si es un catecismo destinado

exclusivamente a los pastores o es necesario hacerle llegar tambien al

pueblo cristiano. Es decir existe hoy la

necesidad de hacer llegar a todos los católicos el Catecismo de la Iglesia

Católica para que se eduquen en la fe?.

Creemos que sí y son muchas las razones que lo avalan. El texto ya citado

de la Constitución Fidei Depositum

pone el Catecismo en manos de los pastores para que lo utilicen

constantemente cuando realizan su misión de

anunciar la fe y llamar a la vida evangelica, no sólo para su

formación teológico-pastoral, ni sólo para elaborar

otros catecismos menores. El anuncio de la fe y de la vocación cristiana

debe llegar a todas las personas y en

concreto a todos los bautizados. He aquí el objeto propio e irrenunciable

del empeño evangelizador. En el marco

de la liturgía, la homilía es una acción evangelizadora

privilegiada. Habráemos de tener en cuenta que hoy estamos

obligados, tal vez m s que en otros momentos, a cuidar este servicio de la

homilia en favor de nuestro pueblo

cristiano, una homilía que en España es escuchada semanalmente por casi

un tercio de la población católica.

 

2.1.  La Tradición viva en la Iglesia

 

  Las Constituciones del Concilio Vaticano II Dei Verbum y Sacrosantum

Concilium nos sugieren el modo como

podemos incorporar el Catecismo de la Iglesia Católica a la predicación

homilética.

 

  Nos acercamos, pues, a las enseñanzas del Concilio Vaticano II. En la

Constitución Sacrosantum Concilium se

dice que la predicación homiletica ha de hacerse a partir de los textos

sagrados (cf SC, 52), y conforme al

Espíritu que inspiró los textos. A su vez en la Constitución Dei

Verbum el Concilio señala tres criterios para una

interpretación de la Sagrada Escritura conforme al Espíritu que la

inspiró (cf DV, 12c). Así los recoge el

Catecismo de la Iglesia Católica:

 

  * Prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la

Escritura. En efecto, por muy diferentes que

sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de la unidad

del designio de Dios, del que Cristo

Jesús es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua (112).

 

  * Leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia. Según

un adagio de los Padres..., la Sagrada Escritura

est  m s en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los

libros escritos. En efecto, la Iglesia encierra en

su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo

le da la interpretación espiritual de la

Escritura (113).

 

  * Estar atento a la analogía de la fe. Por analogía de la fe

entendemos la cohesión de las verdades de la fe

entre sí y en el proyecto total de la Revelación (114).

 

  Muchos son los motivos por los que se ha considerado el Catecismo de la

Iglesia Católica como un gran regalo

para los sacerdotes; no es el menor el de servir para enraízar la

homilía en la Tradición viva de la Iglesia y poder

descubrir esta riqueza al Pueblo de Dios con el humilde servicio de la

predicación. El Catecismo de la Iglesia

Católica presenta fiel y organicamente la enseñanza de la Sagrada

Escritura, de la Tradición viva en la Iglesia y

del Magisterio entero, así como la herencia espiritual de los Padres, de

los santos y santas de la Iglesia, para

permitir conocer mejor el misterio cristiano y reavivar la fe del Pueblo de

Dios...(Tiene en cuenta) las

explicitaciones de la doctrina  que el Espíritu Santo ha sugerido a la

Iglesia a lo largo de los siglos... e iluminar

con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en el pasado

aun no se habían planteado (FD, 3).

 

En los esquemas homileticos que se proponen en esta obra, se ofrecen

citas literales y referencias del Catecismo

bajo el epígrafe: La fe de la Iglesia. Todo ello quiere ser una

ayuda para comprender los textos sagrados

recogidos en el Leccionario, en el Espíritu que los inspiró, y según

los criterios señalados por la Constitución Dei

Verbum del Concilio Vaticano II. Una orientación y guía (como

dice su título) para hallar las sugerencias

catequeticas propias de la homilía.

 

2.2.  La confesión de la fe en lo sustancial

 

  Las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe y para la Catequesis

han señalado en un documento

reciente Algunos aspectos de la Catequesis hoy, relacionados con el tema

de la revelación cristiana y su

transmisión, las claves fundamentales de la catequesis que tambien

pueden afirmarse de la predicación

homiletica.

 

  Insistir en la catequesis como transmisión de la Sagrada Escritura y

de los principales documentos de la

Tradición y del Magisterio; insistir, asimismo... como memoria _en

conexión vital con la anamnesis eucarística_

o en la fe como inserción y participación en la corriente viva de la

Tradición y de su lenguaje; o insistir en la

necesidad de unas expresiones inalterables que salvaguarden la unidad,

homología (confesión) de la fe en lo

sustancial, se compadece mal con una de las tendencias de la modernidad: la

emancipación respecto de toda

instancia ajena a la razón autónoma, de toda  tradición, de todo lo

dado... A partir de esta exigencia de

reinventar la autentica fe y la comunidad cristiana, pues

parece que no se  est‚ seguro de que la larga

tradición de la Iglesia no la haya corrompido, no es extraño, por un

lado que el discurso catequetico se haya

fragmentado y parcializado en bastantes casos, y por otro lado, haya perdido

sustantividad, referencia a la

realidad, y regla de la fe, y se haya convertido en instrumento para

suscitar experiencias, actitudes y

compromisos pretendidamente cristianos (cf 14-15). La preocupación,

pues, por la unidad y la confesión de la fe

en lo sustancial, que es una constante en la vida de la Iglesia a lo largo de

todos los siglos es, si cabe, hoy m s

necesaria.

 

  Los esquemas homileticos que ofrecemos expresan tambien esta

preocupación. Para responder a ella se presentan

algunos textos del Catecismo con objeto de que, de alguna manera, se formulen

en la homilía con un lenguaje

común al que se utiliza en otras actividades del ministerio de la Palabra.

 

2.3.  Exposición organica

 

  Asimismo, el Catecismo de la Iglesia Católica, en cuanto exposición

de la fe de la Iglesia de un modo organico

constituye por lo mismo una valiosísima ayuda para superar la tendencia a

la fragmentación. Este Catecismo esta

concebido como una exposición organica de toda la fe católica. Es

preciso, por tanto, leerlo como una unidad.

Numerosas referencias en el interior del texto y el índice analítico al

final del volumen permiten ver en cada tema

su vinculación con el conjunto de la fe (18).

 

  Por su parte, la homilía, debe exhortar a celebrar, orar y vivir lo que

la fe proclama, y debe relacionar

armónicamente el primer anuncio (kerigma), la exposición sistematica

(la catequesis), la exhortación a la

perseverancia en la vida cristiana (parenesis), y la comunicación con

el misterio de la presencia del Señor

(mystagogia). La homilía est  destinada preferentemente a aquellos

que y an han sido llamados a la conversión y

a la fe, que la suponen al mismo tiempo que la alimentan, la robustecen y la

expresan por medio de palabras y

obras (Comisión Episcopal de Liturgia, DC, 10). Si esta es la

función de la homilía, habráíamos de saludar la

oportunidad y aún la necesidad de un instrumento que relacione

organicamente la fe profesada con la liturgia, la

vida cristiana y la oración. Este instrumento, y ciertamente de toda

garantía, es el Catecismo de la Iglesia

Católica.

 

  En los esquemas homiléticos, se ofrece esta relación orgánica

mediante citas literales y referencias del Catecismo.

En el epígrafe: La fe, con referencias sobre todo a la primera y

segunda parte del Catecismo; y en los epígrafes

La respuesta y El testimonio cristiano con referencias también

a la tercera y cuarta parte del mismo

Catecismo, a fin de que se pueda establecer esa relación orgánica entre

lo que creemos, celebramos, vivimos y

oramos. En cada año litúrgico se contiene la sustancia viva del

Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia. En el

conjunto de los tres años litúrgicos se habrá  recorrido

extensivamente todo el Catecismo.

 

2.4.  Adaptación necesaria

 

  Finalmente, no se debe olvidar que por su misma naturaleza este

Catecismo no se propone dar una respuesta

adaptada, tanto en el contenido como en el m‚todo, a las exigencias que

dimanan de las diferentes culturas, de

edades, de la vida espiritual, de situaciones sociales y eclesiales de

aquellos a quienes se dirige la catequesis.

Estas indispensables adaptaciones corresponden a Catecismos propios de cada

lugar, y, m s aún, a aquellos que

toman a su cargo instruir a los fieles (24).

 

  El Catecismo de la Iglesia Católica exige leerlo adaptado a los fieles

por parte de los encargados en educarles en

la fe. Esta exigencia es mayor cuando se utiliza en la predicación

homilética.

 

  La predicación homilética que en las circunstancias actuales

resulta no raras veces dificilísima, para que mejor

mueva a las almas de los oyentes no debe exponer la Palabra  de Dios sólo

de modo general y abstracto, sino

aplicar a las circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del

Evangelio (C. Vaticano II, Presbyterorum

Ordinis, 4).

 

  La Palabra de Dios, leída y comentada en la Tradición viva de la

Iglesia ha de realizar en el hoy-aquí-para

nosotros lo que se proclama. Esta acción es obra del Espíritu Santo.

El que predica colabora con El en cuanto

traduce y aplica a la situación y vida concreta del oyente la Palabra de

Dios proclamada.

 

  La Palabra de Dios proclamada y concretada por la Iglesia es la Luz que

ilumina la vida personal y la comunidad

humana social donde el creyente, en comunión con la Iglesia, peregrina

hacia el encuentro con Dios.

 

  El Catecismo  de la Iglesia Católica, convenientemente adaptado, es un

buen instrumento para que los pastores

puedan ofrecer a los fieles la mayor de las cualidades de una predicación:

la sustancia  viva de la fe de la Iglesia.

 

 

  El esfuerzo de adaptación a los oyentes concretos nadie puede suplirlo.

Cada ministro de la predicación ha de

preparar gozosa y concienzudamente la homilía. En estos esquemas se

ofrecen algunas sugerencias, dentro de este

estudio de la homilía, que hacen referencia a las situaciones

humanas y a las posibles conexiones entre estas,

los textos bíblicos y el Catecismo.

 

  La mejor preparación homilética, la m s concreta y adaptada a las

circunstancias sociales y a los destinatarios es

aquella que se gesta conducida por el Espíritu de Dios, tacitamente

o a grandes gritos, pero siempre con fuerza,

se nos pregunta ¨cre‚is verdaderamente en lo que anunciáis?

¨Vivís lo que cre‚is? ¨Predic is verdaderamente lo

que vivís? Hoy m s que nunca el testimonio de vida se ha convertido en

una condición esencial con vistas a una

eficacia real de la predicación (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 76).

 

EL DOMINGO (inicio)

 

  El Domingo sólo, sin m s adjetivos ni adiciones, es la celebración

cristiana por excelencia. La fiesta primera en la

historia del cristianismo y la primera también en la valoración que la

fe y la teología hacen de las celebraciones

cristianas. Por esto, debiera renovar y desarrollar constantemente nuestra

vida en Cristo. Y tiene fuerza de gracia

para ello. Por esto, el Domingo se ha de hacer presente en la homilía.

 

Qué es el Domingo y Qué aporta a la homilía?

 

  El Domingo es el condensado de la creación y de la redención en el

tiempo humano.

 

  El Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla con profundidad esta

verdad de la fe y la teología. En el Domingo

se recogen, como los rayos del sol en una lente, las riquezas infinitas de la

comunicación de Dios a la humanidad.

 

  Por un lado, el Sabbat [es] la culminación de la obra de los seis

días (345), expresión literaria de la creación. Y

Dios descansó en ese día, en versión humana, se sintió

feliz, y lo santificó y bendijo, lo hizo su Día y lo llenó

de sus dones, hasta de sí mismo, por esto, lo bendijo. Así se comprende

que todo en la creación est  hecho con

miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios (347),

en definitiva al descanso y a la felicidad, a

la contemplación del culto y a la adoración.

 

  Pero... ha surgido un nuevo día: el día de la resurrección de

Cristo. El septimo día acaba la primera creación. Y

el octavo día comienza la nueva creación. Así la obra de la

creación culmina en otra todavía m s grande: la

Redención. La primera creación encuentra su sentido y cumbre en la

nueva creación en Cristo, cuyo esplendor

sobrepasa a la primera (cf MR, Vigilia pascual 24, oración despues de

la primera lectura) (349).

 

  Cómo prescindir del Domingo al explicar y aplicar la Palabra que hizo

la creación y la nueva creación? El

Domingo da a la homilía los acentos vivos y profundos en los que resuena

toda la obra de Dios por nosotros.

Cada perícopa evangélica est  situada en el gran marco de la obra de

Dios. Las verdades de la fe dejan de ser

meras afirmaciones dogm ticas y los imperativos evangélicos meras

exigencias, para convertirse en momentos de la

inmensa armonía de la creación y de la nueva creación, cuyo

primog‚nito es nuestro Señor Jesucristo, muerto por

nosotros y resucitado para nosotros, inicio de la nueva creación.

 

  En dos páginas no se puede agotar el Domingo. Pero lo expuesto es la

base que sustenta todo desarrollo de la fe

y la teología del Día del Señor. Así, por ejemplo, la asamblea de

la Iglesia reunida por todo el mundo (1167.

1343s. 2177ss) para la celebración de la Eucaristía dominical se

explica desde el primer Domingo, el de la

Resurrección, el Día Primero de la nueva creación, que se prolonga

en los sucesivos Domingos, hasta que Cristo

vuelva visiblemente.

 

Condiciones para celebrar el Domingo

 

  Para que el Domingo cale en celebrantes y fieles, como para que cale en el

pueblo cristiano la vida sacramental

de la Iglesia, son imprescidibles: un elemental sentido de oración y un

también elemental sentido simbólico.

 

  Quien no ora no puede entrar en el Domingo, lo soportar  como una

obligación. Cuando algunos fieles dicen que

les aburre la Misa, y se les pregunta por el tiempo que dedican a orar en su

vida, la respuesta bastante negativa

explica que no entren, que no les diga nada, un acto que es oración.

 

  Quien no cae en la cuenta de los valores humanos decisivos de los

símbolos, que son los sacramentos, podrá  orar

en Misa pero no orar  la Misa. Los símbolos sacramentales son la

aproximación a nosotros de los grandes valores

de la vida, que superan lo cotidiano, y aun los momentos m s densos que se

agotan en este mundo. Los símbolos

sacramentales, y entre ellos el Domingo, nos acercan las realidades que ni

el ojo vió ni el oído oyó ni humano

entendimiento puede comprender lo que Dios ha preparado a los que le aman

(1Co 2,9).

 

  Para una profundización de la fe y la teología sobre el Domingo,

veanse Conferencia Episcopal Española, El

domingo, fiesta primordial de los cristianos (1981) y Domingo y Sociedad

(1995).

 

ESQUEMA GENERAL DEL AÑO A (inicio)

 

Tiempo litúrgico

 

Enfoque

 

Objetivo

 

1.  ADVIENTO

 

La esperanza se apoya en la fe.

 

Preparar los caminos del Señor porque es fiel a sus promesas.

 

2.  NAVIDAD

 

Un Niño nos ha nacido (Navidad); un Hijo se nos ha dado (Maternidad de

María); Dios se nos ha manifestado

(Epifanía).

 

El asombro ante el Misterio de la Palabra hecha carne no descarta la ternura

ante un Niño.

 

3.  CUARESMA

 

Catecumenado para renovar nuestro Bautismo y sus exigencias.

 

La Cruz ilumina el camino hacia la Pascua.

 

4.  SANTO TRIDUO PASCUAL

 

La entrega de Cristo en el amor, el Pan y la Cruz.

 

Contemplar el Misterio de la Cruz y dejarse invadir por el Crucificado

y el Resucitado.

 

5.  TIEMPO PASCUAL

 

El Resucitado, fundamento de nuestra Resurrección.

 

Predicar a Jesús, vencedor de la Muerte para proclamar la vida de su

Iglesia.

 

6.  TIEMPO ORDINARIO

 

El Reino de Dios y sus compromisos.

 

Presentar el Reino de Dios:

* En su dimensión salvadora.

* Como raíz de la ‚tica cristiana.

* Como espeanza de plenitud.

 

INTRODUCCION AL ADVIENTO (inicio)

 

  Para ser del todo fieles al propósito de este trabajo, hemos de mirar al

Adviento desde una doble perspectiva: la

de la liturgia y la del pensamiento de la Iglesia expresado en el Catecismo.

El contenido de los cuatro domingos

previos a la Navidad es suficientemente explícito para que de ellos

saquemos la conclusión de que la Iglesia nos

invita a una espera y a una  esperanza. A una espera porque se anuncia la

venida al fin de los tiempos, algo así

como una tensión permanente entre el ya y el todavía no.

Eso se llama dar sentido verdaderamente

escatológico a la vida cristiana. El ya nos convence de que Jesús

ha venido ya, que est  entre nosotros, que la

Redención objetiva est  ya realizada, pero que todavía no se

ha consumado. Y por eso estamos a la espera.

 

  Pero este ya nos invita a algo m s. A que la presencia de Jesús

en medio del mundo, muchas de cuyas

estructuras aún est n alejadas del Evangelio, sea  m s notoria por

medio de sus testigos. Si el creyente est 

convencido de que el Reino de Dios ha venido, y que est  en medio de

nosotros, que la Iglesia es la verdadera

portadora de los signos que lo anuncian y lo hacen presente, entonces est 

en tensión para descubrir los signos

de los tiempos.

 

  Es precisamente en este punto donde se tocan la venida histórica de

Cristo hace 20 siglos y el saber aguardar su

presencia de salvación, hoy como ayer y como siempre. La primera no la

repetimos, porque ya ha venido; la de

hoy la actualizamos en una liturgia que nos invita a despertar de nuestro

sueño, a estar en vela, a levantar

la cabeza porque se acerca nuestra liberación.

 

  Y es que el anuncio de Cristo de que el Reino de Dios est  cerca

podráíamos entenderlo como que nos esta

dando siempre alcance. Porque lo que así sucede ha llegado, pero no del

todo.

 

  Anticipar la Parusía de Cristo (Domingo XXXIII y I Adviento) es

descubrir entre nosotros las señales de

salvación. Es sentir sobre nosotros el Juicio salvador, pero que nos hace

mirar a lo íntimo de nuestras vidas, para

descubrir en ellas los espacios aún vacíos de Dios, las esferas de

nuestra existencia aún no inundadas por la

conversión cristiana.

 

  La perenne actualidad de la salvación traida por Cristo nos es

presentada precisamente así por la liturgia: Hoy

sabr‚is que viene el Señor y mañana ver‚is su gloria (Vigilia

de Navidad).

 

  Y todo teniendo por delante unas semanas inmediatamente previas a la

Navidad. Es de temer que haya sido esto

precisamente lo que en nuestro tiempo haya restado importancia al Adviento.

La inminente Navidad y lo que

lleva consigo tienen la suficiente fuerza como para oscurecer este tiempo.

Sobre todo en España, donde no

contamos con signos externos propios, como sucede, por  ejemplo, en Alemania

(el Adventskranz) con la Corona

y las velas que son una forma muy pl stica de crear clima de

espectación ante lo que se aproxima.

 

  La esperanza a la que se nos convoca tiene un horizonte m s amplio.

Abarca realmente toda nuestra existencia;

pero se hace m s patente en estas fechas.

 

  La esperanza, apoyada en la fe, afirma que el mismo Cristo, cuya venida en

carne conmemoramos ahora, vendra a

en Majestad al fin de los tiempos. Es como una invitación a mirar el

presente desde el futuro de Dios. Es afirmar

rotunda e incuestionablemente que el futuro es de El y no del hombre. Que es

El el dueño de la historia. Pero

que nos la ha entregado en nuestras manos para que nos salvemos desde ella

pero no en ella. Porque la salvación

plena no es ni est  en este mundo. La salvación meramente intramundana,

tan apreciada desde los filósofos de la

sospecha, es, desde la óptica cristiana, una pretensión vana. Pero,

lejos de nosotros cualquier desentendimiento  de

la realidad creada o cualquier genero de alienación, estamos llamados a

trabajar, a esforzarnos, a hacer presente

la gratuidad del Dios que nos envía a su Hijo en nuestra condición

humana para participar de nuestra peripecia

humana, pero para hacerla salvadora solamente por El y desde El.

 

  El creyente cristiano, la Iglesia entera, se esfuerza, evangeliza, promueve

al hombre nuevo, desde la esperanza y

por ella. Desde ella porque sabe que es misión encomendada y que Dios

dar  el incremento; por ella porque

sólo ella puede impulsar  y ayudar a superar las dificultades de un mundo

para el que la venida de Cristo no es

en gran medida noticia. Sentir hambre de Dios y advertir los vacíos que

hay en la vida y que sólo Dios puede

llenar, es precisamente la misión de quien vive de la esperanza.

 

  Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (524) que al celebrar

anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia

actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación

de la primera venida del Salvador, los fieles

renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida. Concisa y exacta manera

de resumir cuanto venimos diciendo.

 

  Hay una serie de personajes, aludidos constantemente por la liturgia de

estas semanas, y cuya cooperación a la

venida del Salvador queda verdaderamente resaltada: Isaías, Juan Bautista

y la Santísima Virgen. Cada uno con

un papel distinto y todos llamados a preparar los caminos del Señor,

m s de lejos o m s de cerca. Desde el

anuncio, cuyo asombroso contenido habráía dejado verdaderamente atónito

al Profeta de haber penetrado hasta su

hondísima significación: La Virgen est  en encinta y da a luz un

hijo, y le pone por nombre Emmanuel (que

significa Dios-con-nosotros), hasta la invitación del Precursor, a que

se allanen los senderos, se eleven los valles

y desciendan los montes y colinas para que toda carne vea la

salvación de Dios, todo nos habla de un futuro

interpretado y leído sólo desde Dios, autor de toda esperanza de

salvación.

 

  Y la figura de María, recogiendo en sí misma toda la esperanza del

pueblo de la Antigua Alianza, como parte del

resto de Israel y del nuevo Pueblo de Dios, pronosticando la novedad en

el canto del Magníficat. La

solemnidad de la Inmaculada, actualización de la preparación por parte

de Dios de la digna morada de su

Hijo, y, sobre todo, los días de las antífonas O (desde el 17 de

Diciembre), días marianos por excelencia en

toda la liturgia anual, nos traen a la memoria el papel primordial de quien

fue fiel a la Palabra y pronunció el

fiat que abrió las puertas de nuestro mundo al Salvador de todos los

pueblos. Como se dice en la Constitución

Gaudium et Spes, 55:  María sobresale entre los humildes y los pobres

del Señor, que esperan de ‚l con

confianza la salvación y la acogen. Finalmente con ella, excelsa hija de

Sión, despues de la larga espera de la

promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación

(489).

 

ESQUEMA DE ADVIENTO (inicio)

 

Domingos y

Solemnidades

 

Lecturas

 

Catecismo de la Iglesia

Católica

 

I

Esperar al Señor y preparar sus caminos

 

Is 2,1-5: El Señor reúne a todos los pueblos...

Rm 13,11-14: Nuestra salvación est  cerca

Mt 24,33-44: Estad en vela para estar preparados

 

Esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva: 1042. 1044. 1045

Vigilancia ante el Reino: 1001. 2612

 

II

El Señor nos llama a la conversión

 

Is 11,1-10: Con equidad dar  sentencia al pobre

Rm 15,4-9: Cristo salvó a todos los hombres

Mt 3,1-2: Se acerca el Reino de Dios

 

Cada cristiano ejerce unas funciones: 1884. 1885

Preparativos de la venida de Cristo: 522. 523

 

III

Nuestro futuro es de Dios

 

Is 35,1-6.10: Dios vendra  y nos salvar 

St 5,7-10: Manteneos firmes

Mt 11,2-11: ¨Eres tú el que ha de venir...?

 

La Transformación del mundo: 1047. 1048

Dios tiene casa entre nosotros: 1044

 

IV

Las grandes maravillas de la salvación sólo pueden venir de Dios

 

Is 7,10-14: La Virgen concebir 

Rm 1,1-7: Jesucristo, de la estirpe de David...

Mt 1,18-24: Jesús nacer  de la casa de David

 

Estamos llamados a la santidad: 2012. 2013

María, siempre Virgen: 499. 450

 

INMACULADA CONCEPCIóN

!Salve! Llena de gracia, el Señor est  contigo

 

Gn 3,9-15.20: Establezco hostilidades entre ti y la mujer

Ef 1,3-6.11-12: Dios nos eligió en la persona de Cristo

Lc 1,26-38: Al‚grate, llena de gracia

 

La Inmaculada Concepción: 590-593

Anunciación: 494

Lucha contra el pecado: 40

 

DOMINGO I DE ADVIENTO (inicio)

 

Esperar al que viene a hacer nuevas todas las cosas es empezar a sentirse

renovado

 

I. LA PALABRA DE DIOS

 

* Is 2,1-15: El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del